Historia de la Capital del Neuquén

Algunas anécdotas

Corriendo por el tren

Arabarco, Mauricio -“Mateando con Juanes”

En las épocas en que Neuquén y su zona de influencia no había colegios secundarios o escuelas normales, las contadas familias que enviaban a sus hijos a cursar estudios lo hacía a Bahía blanca o Buenos Aires con gran sacrificio. Eran años difíciles, y a los patagónicos les resultaba duro orientar a sus hijos hacia mejores destinos que los pocos que podían encontrar en sus lugares de origen, lo cual era agravado por los gastos que ocasionaba el tenerlos alejados del hogar por muchos meses al año.

En la década del cuarenta una antigua vecina del Neuquén, fallecida en 1990 a los 92 años de edad, a quien llamaremos María por razones justificadas, viajaba a Buenos Aires dos o tres veces al año a visitar a sus hijas que cursaban la carrera de magisterio en un Colegio de Monjas. El viaje de ida y vuelta y la estadía le significaba una semana o diez días alejada se su hogar. Mas no se podía. Y como en la gran urbe tenía la mar de parientes, los días se le pasaban volando. Cuando llegaba la Patagónica, como le decías sus familiares porteños, las primas, primos y sobrinos y demás parientes la colmaban de atenciones. Así pasaba una semanita o diez días, visitando a sus hijas y compartiendo con la parentela. En uno de esos viajes todo se repitió como de costumbre. Llegó el momento de volver y María sacó un pasaje para el día Domingo. El Zapalero partía de Plaza Constitución a las catorce horas rumbo al sur. Tenía tiempo de almorzar con varios sobrinos que la invitaron para ese día a las doce en punto. Pero el asado, el vino, los cuentos y los recuerdos, le hicieron pasar el tiempo como un rayo.

Cuando se dieron cuenta faltaba poco para que el tren partiera.

No estaban lejos de estación Constitución, punto de partida.

Así que al ver la hora la pusieron sus sobrinos en un automóvil, cargaron las valijas y paquetes y partieron como una exhalación a la estación. Cuando llegaron corriendo con la tía prácticamente en andas hasta el andén donde partía en convoy, este despaciosamente, se ponía en marcha. Los muchachos lanzaron en andas a la tía y junto con paquetes y valijas la arrojaron sobre el primer vagón que alcanzaron, que era el último enganchado. Lograron que partiera mientras la saludaban alegremente, jadeantes y cansados. Pero María se había cargado bien de nervios por la angustia de perder el tren, la corrida en auto por las calles de buenos Aires, las disparadas por el andén y el hecho de haber sido casi arrojada por sus dos fornidos sobrinos sobre el último vagón. Y dando rienda suelta a su estado nervioso, tomó valija y paquetes y comenzó a correr por el tren, con rumbo a la máquina, presa aún de miedo angustia y desesperación. Corría y corría por los vagones sin parar, como si aún persiguiera el tren. Hasta que en su loca corrida se chocó con el guarda, quien al verla desesperada con el rostro encendido y sumamente nerviosa la detuvo y le preguntó:

_ “Epa señora, donde va tan ligero……?

Y la buena mujer, aún sin darse cuenta de lo que había pasado y de que estaba verdaderamente sobre el tren contestó:

_”Voy a Neuquén señor…….”

Entonces el guarda, observándola sonriente, la puso en realidad diciéndole:

_ “Bueno, está bien señora, pero siéntese tranquila en esta asiento que mañana llegamos”.

Recién entonces María se dio cuenta que corriendo por el tren no iba a adelantar la llegada a Neuquén. Se sentó, se tranquilizó y al otro día estuvo en su pueblo.


Gobernador sin nafta

(Mauricio Arabarco – Mateando con juanes)

El 04 de Junio de 1950 terminaba su mandato de cuatro años el Gobernador del Territorio Nacional del Neuquén Don Emilio Belenguer. El nombrado quería seguir en el cargo, pero le aparecieron muchos contrincantes que aspiraban a sentarse en el sillón de Olascoaga. Los candidatos eran varios, de Neuquén y de otras partes del país. Parece que el Presidente Perón analizó la lista que le alcanzó la gente de su partido, a través del Ministerio del Interior, la tiró al canasto y designó a un conocido suyo de los tiempos en que andaba recorriendo en funciones militares toda la Cordillera Patagónica. El elegido fue Don Pedro Julio San Martín, hombre de la Provincia, hacendado y afincado en pleno campo, en la zona de Junín de los Andes, conocido y reconocido en todos los ámbitos del Territorio. Hombre sencillo, era fiel expresión del campesino Neuquino de nivel. Amigo de todo el mundo, no hacía distinciones de tipo político e ideológico, cosas que no le interesaban. Viudo, su mejor pasar lo encontraba con sus amigos a quienes visitaba personalmente en sus casas chacras o establecimientos de campo. Manejaba su propio automóvil y nunca se le conoció guarda espalda. Muy aficionado a los almuerzos campestres era asiduo concurrente a los mismos, oportunidad en que aportaba su cuota de buen humor y su picaresca inventiva campera. En el mes de Enero de 1952 concurrió a un asado en un establecimiento frutícola de Plottier, que reunió una amplia concurrencia de vecinos de Neuquén y de la zona. Era un día de excesivo calor, y a esa de las cuatro de la tarde Don Pedro decidió emprender el regreso a la Capital.

Era un día de excesivo calor, y a esa de las cuatro de la tarde Don Pedro decidió emprender el regreso a la Capital. Al llegar a la intersección de la Ruta 22 y el acceso a lo que es hoy la ciudad antes nombrada, su coche comenzó a “ratear” y se detuvo. El diagnóstico fue falta de nafta. Se había descuidado el mandatario y no había hecho las previsiones del caso. Como estaba a pocos metros de la Comisaría, el Gobernador caminó hacia ella y penetró en el despacho del Jefe, casi reverente, a lo criollo, sin hacer ruido. El calor era insoportable, y el oficial a carco de la Comisaría despuntaba un sueñito en la silla del despacho, con las botas prusianas de entonces sobre el escritorio. Los ronquidos del justicia eran alarmantes, aumentados por la gorra reglamentaria que le cubría el rostro para evitar la luz. Ante la situación que tenía a la vista, el gobernador, sin darse a conocer, decidió requerir al oficial que tranquilamente descansaba, y le dijo:

Señor!!!

El funcionario policial irritado porque lo despertaban aulló sin moverse:

Qué quiere a esta hora???

Y se entabló este diálogo entre la Autoridad Civil y el Oficial, siempre en la misma postura.

Hablar por teléfono, Señor!!!

No se puede. El teléfono es para uso de la repartición. Me entiende?

Pero es que yo me he quedado sin nafta aquí cerca y quiero hablar a Neuquén para que me la traigan!!!

Le he dicho que el teléfono es de la repartición y no para uso público. Váyase a la ruta y espere que alguien le ayude. No me moleste, más!!!

Esto colmó la medida. Don Pedro tomó postura y respondió al calmo Oficial:

Señor: necesito urgente su colaboración, porque yo soy Pedro San Martín, Gobernador del Territorio.

Ante lo oído el Oficial dio un salto, en el cual se le cayó al piso la gorra reglamentaria que le cubría el rostro y reconociendo a la máxima autoridad del Territorio palideció, se cuadró como General Prusiano y haciendo la venia sin gorra solo pudo musitar lo siguiente:

No joda mi Gobernador!!! Ordene mi Gobernador!!! Hable mi Gobernador!!! Entonces Don Pedro se adelantó hacia el teléfono, solicitó el auxilio que necesitaba y tranquilizando al compungido Oficial se retiró con una paso cansino a la ruta 22 a la espera de la llegada del combustible para su automóvil particular.


Prohibido pisar el patito

(Mauricio Arabarco – Mateando con Juanes)

La plaza Roca fue siembre una maravilla. Antes mas que ahora. Era lógico: estaba frente a la residencia del Gobernador y los intendentes se esmeraban en que el ocupante de la Casa gris tuviera un buen panorama para mirar tras las ventanas o para realizar caminaras por las tardes. Con sus árboles cuidados, su césped bien cortado, sus veredas limpias, era todo un orgullo para su ciudad. El su radio se desplazaron las elegantes pibas de aquellos tiempos, que se reunían en el lugar en invierno luego del almuerzo y en verano después de la cena, emprendiendo alegres tertulias con los muchachos de entonces. Sobre el césped se habían colocado primorosos trozos de madera cuadraditos y muy bien trabajados, pintados de blanco, con una leyenda en negro que decía: “Prohibido pisar el césped”.

Era una alerta contra los distraídos, los poseedores de canes y el piberío que, pelota en mano, arrasaban con todo.
Regenteaba el lugar como integrante de la Guardia de Casa de Gobierno, con sede en la esquina de Roca y Rioja, el agente Curaqueo. El color de su piel y su bigote ralo, como el de todos los indígenas, le daba un aire atigrado. Alto de raza Tehuelche, fornido y enérgico, había nacido en Blancura, Río Negro y de adolescente llegó a Neuquén. Se salvó de la conscripción, durante la cual pensaba alfabetizarse y engancharse como voluntario una vez cumplido el servicio obligatorio, pero sin perjuicio de ello su vocación por el mando le permitió pasar a revistar en los cuadros de la Policía del Territorio Nacional del Neuquén. No había concurrido nunca a la escuela. Era totalmente analfabeto. Conservaba la forma de hablar de lo indígenas de la Patagonia. La letra “s” no existía para él, y el 2che” lo mezclaba con el “uté”, pero se defendía como podía. A todo el que cruzaba por su zona de vigilancia procedía a demorarlo preguntándole por sus documentos de la siguiente forma: “A ver ché, el papeleta…” Entonces lo vecinos que ya lo conocían sacaban de su bolsillo la libreta de Enrolamiento y se la extendían. Curaqueo la abría, ponía cara especial, mezcla de inteligencia y energía, y observaba detenidamente el instrumento, casi siempre al revés, con la foto cabeza abajo. Terminado el trámite daba la orden. “Proseguí nomá, ché…” Y así pasaba sus días. Controlando los pocos transeúntes, vigilando la Plaza y corriendo a los chicos que pretendían iniciar algún picado en las inmediaciones. Siempre fusta en mano, no soportaba repetir las órdenes. Y como el agente Medina del tango podía repetir: “En eta plazoleta no ha pasado nunca nada dede que la atiendo yo”. Pero algo cómico ocurrió una vez. Fue un día de Enero, de esos tremendos. Una siesta de locos. El sol patagónico que no perdona, se azotaba furioso contra la arena de las calles. No transitaba ni un alma. Ni siquiera un perro se acercaba a las canillas de riego a lamer unas pocas gotitas de agua que se desprendían e los caños. Y ese día un Neuquino “NYC” (nacido y criado), personaje famoso hoy, escritor a veces, hablador de fuste por radio y televisión y aficionado a las carreras de automóviles, se había escapado sigilosamente de las vigilancia paterna y de la siesta obligada. Vivía en la calle Brown, entre Roca y Rodríguez. Saltó el paredón que daba sobre el domicilio de Doña Carmen Alonso, con la complicidad del Tito Alonso, otro gran valor neuquino. Tomó por Brown, giró a la izquierda por Roca y en pocos segundos estuvo en la plaza dispuesto a gozar de la sombras de las coníferas, del fresco del césped y del agua helada que escapaba de las canillas no bien se abrían los grifos. Gordito, rosado, ojos azules, rubito el pelo como llama de fueguito en invierno, su desplazamiento furtivo en aquella siesta neuquina parecía el de un zorrito. Había calculado todo. L sueño del padre y de la madre, la complicidad del Tito, y el visto bueno de Doña Carmen. Hasta había calculado que Curaqueo a esa hora despuntaría un sueñito en el sillón de la guardia. Y se metió en la plaza. De entrada se entretuvo bajo la sombra de los árboles. Luego se refrescó con el agua de la canilla que da sobre Rodríguez y Santiago del Estero, casi frente a lo de Seignoux. Cruzó la Plaza acarició el mástil recordando las ceremonias escolares, y se arrojó sobre el césped. Panza arriba, distendido, gozó de esa naturaleza largo rato. Luego se levantó y comenzó a transitar todo el paseo, pasando de la sombra al sol. También llegó a dar tirones a las ramas de las gloriosas coníferas del lugar. Recorrió las veredas y pisoteó la alfombra pastosa. Todo le iba a gloria. El campo se la había hecho orégano. Pero vaya desgracia… al cruzar pisando el césped hacia Roca y Rioja, ya subiendo la vereda, lo sobresaltó un chisitido escalofriante. Levantó la cabeza y vió al agente Curaqueo parado en la esquina de la oficina de Guardia tan grande era, tieso como un palenque de bagual. Quedó paralizado como colimba al que el Sargento del grita “¡¡¡Atención!!!” Primero miró el césped. Luego levantó la vista y vio como Curaqueo lo invitaba a acercarse a él con el uño de su mano derecha medio cerrado y accionado el índice ordenando a acortar distancias, mientras con al otra mano sujetaba la fusta, amenazante. Caminó medio fuerte el mocito, y una vez frente “al justicia”, y a unos dos metros de distancia, se paró haciéndose el distraído. Curaqueo lo observó mostrándole los dientes con burlona sonrisa, a lo indio canchero, e inmediatamente lo interrogó a pasar de que bien sabía de que familia era y quién era su padre. “quien e´ uté” le dijo.- “Fulano de tal”, contestó el aludido. Y se entabló este diálogo entre la autoridad policial de la esquina y el pebete travieso, que contestaba al interrogatorio con malicia y picarescamente:

•  “uté va a la ecuela mocito?

•  No señor…

•  Ah… No sabe ecribí. Y no sabe leé?

•  No señor

•  Ah… No sabe leé… Y dígame una cosita: Uté sabe que se dice en esa tablita blanquita que ta por toda la plaza, que yo toi encargao de vigilar contra bandidito como uté?

•  No señor…

•  Ah… No sabe lo que dice la tablita blanquita de la plaza…

Bueno, por esta única ve lo voy a dejar marchar, pero lo voy a poner en su conocimiento que esa tablita qie etá en toda parte de eta plaza, clor blanquita dice, para que uté lo sepa, y bien clarito. “Prohibido pisar el patito”. Ta claro? Marche nomá su casa… seguidita!! Mientras se desplazaba por la vereda, manitos regordetas en los bolsillo, sin darse vuelta por miedo de ver levantando de nuevo el dedo índice de Curaqueo indicándole que volviera, observaba de reojo, y muerto de risa, carteles inmaculadamente blancos, ubicados por todo el perímetro de la plaza, que tenían estampada una leyenda en letras negras que decían: “Prohibido pisar el césped”. Y aunque niño, travieso y pícaro, compendió al pobre Curaqueo que no había tenido la suerte, como él, de ir a la escuela.

Sitio Oficial del Gobierno de la Provincia del Neuquén
©2004 - Todos los derechos reservados
Contáctenos a: